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Maltratados como ningunos, los zulianos viven un escenario similar al de una serie posapocalíptica

“Si un día he de morir, que sea aquí en Maracaibo”. El mítico grupo La Unión introdujo con su música una ciudad desconocida en el imaginario de la movida madrileña. El segundo municipio de Venezuela, “donde se juntan selva y mar” y “donde vi mezclar su sangre con el oro negro”, cantaba Rafa Sánchez, sabedor de que la capital del Zulia, frontera con Colombia, representaba la Venezuela saudita de los 80, el grifo petrolero que convertía al país sudamericano en el más rico de la región, publica El Mundo.

Por DANIEL LOZANO
Domingo, 7 abril 2019

Nada queda hoy en Maracaibo que merezca una canción y sí un torrente de lágrimas y lamentos. El derrumbe revolucionario ha convertido a todos los venezolanos en supervivientes del peor programa televisivo posible, pero si algunos resumen la tragedia, apartados de los focos internacionales, esos son los “maracuchos”, maltratados como ningunos. El gobierno central ha decidido dejar a Caracas al margen del racionamiento eléctrico y, en cambio, ha castigado a Zulia con sólo de cuatro a seis horas de luz por día. Y eso si se cumple lo estipulado por la cúpula cívico-militar del gabinete Maduro, después de más de 300 horas sin luz y de un mes de apagón en apagón. Y tras todo un año a semioscuras, con cortes continuos que durante el fin de semana se estiraban hasta siete horas.

Según medios locales, fueron los militares quienes impusieron que la capital sea de nuevo la gran beneficiada para evitar las protestas y las muertes en los barrios populares caraqueños, como ya sucediera en enero. El chavismo tienen pánico a un nuevo Caracazo que les eche a patadas del poder, pero por si acaso también pega muy duro en Maracaibo: ayer manifestantes opositores fueron dispersados con gases lacrimógenos y perdigones. Durante la semana una mujer perdió la vida, según el Parlamento, durante la represión a tiro limpio de paramilitares contra una protesta espontánea contra los apagones.

“Inhumano”, titulaba con toda la razón en su portada el diario chavista Panorama. Maracaibo y el Zulia parecen hoy el escenario de una serie posapocalíptica: sin luz, sin agua, con colas de muchas horas para cargar gasolina, con muy pocas tiendas abiertas tras más de 600 saqueos, sin Internet y con los teléfonos reducidos a la ruleta rusa. Algunas veces con cobertura, muchas más sin ella. Una batalla diaria por la supervivencia, la vida convertida en historias mínimas de supervivencia.

De nada sirve la historia, aquella que dice que Maracaibo, tras Buenos Aires, fue la segunda ciudad de la región con energía eléctrica. La situación es tan extrema que ha obligado a los maracuchos a desarrollar un manual de supervivencia, que servirá muy pronto a los guionistas de Hollywood. “La gente duerme en los techos de las casas o en los garajes porque el calor es insoportable (35 grados durante el día). Ahora usan los cartones de los huevos, los prenden para repeler a los insectos. La mayoría de los comercios están cerrados, nunca sabes cuándo viene la luz”, relata a EL MUNDO José Martínez, dueño de un taller mecánico.

El cierre de los comercios ha disparado el contrabando de alimentos desde Colombia, a precios siderales y casi siempre en dólares, porque tampoco hay efectivo y las tarjetas no funcionan sin red.

La carne y el pollo no sirven, porque los frigoríficos no pueden enfriar en tan pocas horas. Así que los “granos” (legumbres) conforman buena parte de la dieta.

La solidaridad sustituye a la energía y en edificios donde algunos apartamentos cuentan con plantas eléctricas la gente se turna para cocinar. “También comemos enlatados como el atún, pero son incomprables por su precio: una lata de 170 gramos cuesta 9.000 bolívares, la mitad de un salario mínimo”, añade Martínez. Hasta la mortadela se cotiza como si fuera jamón ibérico, mientras una docena de plátanos cuesta 2 dólares y un saco de arroz se estira hasta los 50$.

Aunque parezca Somalia, estamos en Venezuela. La búsqueda del agua es desesperada, incluso se recoge en las tuberías donde el agua llega por gravedad desde los afluentes. Cientos de personas se aglomeran para llenar su balde, los mismos que usan incluso el agua de los aparatos de aire acondicionado (con plantas auxiliares) para limpiar baños o la cocina.

El consumo de gasolina ha aumentado (las plantas eléctricas funcionan con este combustible) con la misma intensidad que las colas ante las gasolineras, de hasta 300 vehículos y más de 12 horas de media. Todo vale para pasar el tiempo en la ciudad fantasma, con colas por un lado y con las oficinas, talleres y centros comerciales al mínimo. Hasta 20 dólares cobran los policías por saltarse las colas. “Parecemos zombis, muertos vivientes bajo este sol y sin aire acondicionado”, describe desde su ciudad Alex El Maracucho, como llamaban en Caracas al joven zapatero zuliano, quien decidió volver a su tierra hace un año pensando que allí solventaría mejor la crisis. Un error que todavía le pesa.

“El Zulia es el estado que el narcorégimen usa como laboratorio para torturar al resto de Venezuela. Pero no nos vamos a rendir. Prepárase, organice a su gente y salga a la calle”, anuncia la activista Andrea Colmenares desde el municipio de Cabimas, a 40 kilómetros de Maracaibo. Sus relatos a través de las redes sociales llevan al resto del país y al mundo el infierno que jamás soñó La Unión.

“La gente comenzó a hacer pozos en sus casas, la mayoría de agua salada e insalubre. Médicos e ingenieros la consideran dañina para las tuberías y para la piel, pero es lo que ha permitido a Cabimas no quedar en total sequía. Pero en consecuencia somos propensos a alergias, brotes en la piel, enfermedades estomacales y escabiosis. La gente vive rascándose por picadas de mosquitos y brotes en la piel”, denuncia Colmenares.

La desolación se percibe a primera vista en una capital donde sólo funciona el 10% del transporte público y donde las pocas escuelas que abren están vacías. El 95% del comercio, cerrado. Hasta 70 millones se pierden cada día por los apagones, según la Cámara de Comercio. “Nos sentimos totalmente discriminados, tratan de dar la normalidad a Caracas porque la temen. Nos discriminan, no les importan cómo estamos. Hay una rabia que se ve en las protestas, hay tanta molestia como angustia. La economía está paralizada. Se agudiza una situación que ya es muy grave”, resume Martínez.

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