La terrible situación de salud en Venezuela ya afecta a países vecinos

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En una calurosa mañana de febrero, Bernardino Albuquerque, un médico encargado de combatir las enfermedades infecciosas en el vasto estado de Amazonas, en Brasil, recibió un mensaje que temía durante semanas.

Por: Anthony Faiola, Marina Lopes y Rachelle Krygier | INFOBAE

Tenemos dos pacientes con síntomas.

Esa alerta de los médicos brasileños cerca de la frontera venezolana marcó el inicio de una epidemia de sarampión importada que sigue asolando la Amazonía brasileña. Era la primera vez en casi dos décadas que el virus altamente contagioso aparecía en esta región tropical, hogar de un creciente número de migrantes venezolanos. La enfermedad también se ha extendido a Argentina, Colombia, Ecuador y Perú.

La crisis económica y social en Venezuela se está extendiendo cada vez más sobre sus fronteras, y la enfermedad se convierte en un símbolo más del nuevo desastre. El sistema de atención de salud de Venezuela se ha deteriorado, lo que permite que enfermedades que antes se erradicaron, como el sarampión y la difteria, vuelvan a surgir en una población que enfrenta una escasez aguda de alimentos y medicamentos. Ahora, una salida histórica de migrantes está ayudando a diseminar infecciones a otros países.

“La crisis de Venezuela se ha convertido en la nuestra”, decía el alcalde de Manaus, Arthur Vigilio Neto.

El primer paciente de Brasil por sarampión fue un niño venezolano de un año que fue trasladado a la frontera en febrero. Ocho meses después, más de 10.000 personas contrajeron infecciones sospechosas solo en el estado de Amazonas, debido a que el virus apareció en una población local que no estaba suficientemente vacunada. Los nuevos casos están creciendo a un rito de 170 a la semana.

Considerada una enfermedad infantil manejable en Estados Unidos, el sarampión ha cobrado un alto precio en los barrios de chabolas y las remotas aldeas de la densa selva amazónica. El estado de Amazonas declaró una emergencia de salud en julio, y cientos de personas han sido hospitalizadas con complicaciones, incluyendo la neumonía. Hasta el momento, dos adultos y cuatro bebés han muerto.

“No habíamos tenido un solo caso de sarampión en 18 años. La mayoría de nuestros médicos solo lo sabían por los libros de texto”, manifestó Albuquerque, recordando el inicio del brote de sarampión. “Estábamos preparados para algunos problemas rutinarios, pero esto fue algo extraordinario”.

Foto: washingtonpost.com

Países fronterizos abrumados

Venezuela, una nación rica en petróleo de aproximadamente 31 millones, se encuentra en medio de un colapso social tras una depresión de cinco años provocada por los precios más bajos del petróleo, las políticas socialistas fallidas, la mala administración del gobierno y la corrupción. Las agencias de ayuda proyectan que casi 2 millones de venezolanos abandonarán el país este año, además de los 1.8 millones que se fueron en los últimos dos años. Abandonan un país donde escasean los alimentos y el sistema de salud público se están marchitando con poco dinero para adquirir fármacos, implementar campañas de divulgación o impulsar vigilancias epidemiológicas o insecticidas.

Hace décadas, Venezuela era alabada como pionera mundial en la lucha contra la malaria, erradicando la enfermedad de vastos sectores de la nación. Pero los casos de malaria se han triplicado en tres años hasta los 406.289 en 2017. Las autoridades brasileñas citan ese escenario para justificar el aumento del 50 por ciento en la malaria en el estado de Amazonas el año pasado, con 72.000 casos. Las autoridades de salud peruanas han reportado un nuevo brote en una región de tránsito para migrantes donde se han registrado casos de malaria desde 2012.

“Estamos enfrentando una epidemia de malaria en lugares que ya no la tenían, que estaban limpios”, declaró Albuquerque. “No han estado haciendo un control efectivo de la malaria en Venezuela, especialmente en los últimos años”.

En Colombia, al menos ocho casos de difteria, una infección bacteriana que puede bloquear las vías respiratorias y causar la muerte, se confirmaron en 2018, lo que suponía los primeros casos de la nación desde 2005. Los ocho se registraron en regiones fronterizas con un gran flujo de migrantes de Venezuela, donde un brote de difteria se ha desatado desde 2016, según la Organización Panamericana de la Salud (OPS), un organismo de la ONU.

Los hospitales en los países fronterizos con Venezuela, especialmente Colombia y Brasil, ya están abrumados por una oleada de venezolanos enfermos que buscan tratamiento para enfermedades graves, desde el cáncer hasta el VIH, donde cada vez es más difícil de tratar en país bolivariano.

Foto: washingtonpost.com

 

La OPS dijo en un comunicado que el sistema de atención de salud de Venezuela, incluidos los programas de prevención de enfermedades, se había deteriorado continuamente debido a problemas económicos y políticos. “Esto ha llevado a un aumento en el número de brotes de enfermedades infecciosas, en particular de sarampión, difteria y malaria. La situación se está agravando por los movimientos de población tanto dentro del país como en las naciones vecinas”, añadió.

Demasiado poco y demasiado tarde

Ninguna enfermedad se ha propagado más rápidamente desde Venezuela que el sarampión. Fuera de Venezuela, la gran mayoría de los pacientes se encuentran en la nación más grande de América Latina: Brasil.

El Ministerio de Salud de Venezuela no respondió a las reiteradas solicitudes de comentarios. Sin embargo, los registros de la OPS muestran que en 2016 se reportaron cientos de casos sospechosos de sarampión. El gobierno lanzó una campaña de vacunación dirigida al territorio más afectado, las zonas mineras ilegales en el estado de Bolívar, luego de que se registraran casos a mediados de 2017.

Sin embargo, según los médicos venezolanos, los programas de vacunación se habían impulsado en todo el país, lo que ofrecía una receta para el desastre, incluso cuando el gobierno era lento en responder a nuevos brotes.

Dos médicos venezolanos familiarizados con el programa de vacunación del país dijeron que la infraestructura deficiente ha contribuido al problema. Según los médicos, en el Hospital Universitario de Caracas, uno de los más grandes de la capital, hay huecos en las puertas de la sala de enfermedades infecciosas donde están los pacientes con sarampión, comprometiendo así los esfuerzos de contención. Los refrigeradores, a menudo, no funcionan correctamente en las clínicas de la capital, lo que dificulta el almacenamiento de vacunas. Además, según los médicos, los automóviles que se utilizan para entregar vacunas, con frecuencia, suelen estar fuera de servicio debido a la falta de piezas de repuesto.

El ejecutivo venezolano, con la ayuda de la OPS, lanzó este año un programa de vacunación contra el sarampión a nivel nacional. Pero el daño, advierten los médicos, ya se había hecho.

“Cuando un virus ingresa a un país, lo que se hace es proteger a la población y el gobierno simplemente no lo hizo”, comenta Julio Castro, profesor del Instituto de Medicina Tropical del Hospital Universitario de Caracas. “Una vez que el virus estuvo aquí, no hicieron nada para detener realmente la propagación. Sabiendo que muchos de nuestros niños no fueron vacunados, el gobierno debería haber impuesto una alarma nacional. Y no lo hizo”, añadió.

Los organismos internacionales, incluidos la OPS y la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional, la organización de desarrollo en el extranjero del gobierno de Estados Unidos, han lanzado programas de emergencia de salud en los países vecinos de Venezuela para contener los brotes, incluida la vacunación y las operaciones de detección en Colombia y Perú. Pero en ninguna parte la respuesta ha sido más masiva que en Brasil.

“No fui vacunado”

El camino desde Venezuela pasa por el Hospital de Emergencias Northside en Manaus, una ciudad en expansión de 2.1 millones de personas que creció bajo los barones del caucho del siglo XIX.

Aquí, a unos 1.000 kilómetros de la frontera con la nación bolivariana, los pacientes más pequeños del hospital están luchando por respirar en una sala de enfermedades infecciosas que se convirtió hace meses en un ala de aislamiento del sarampión. En una habitación, Talia Miranda, de 21 años, acariciaba la mano de su hijo de 4 meses, Theo.

Cuando había llegado nueve días antes, su neumonía relacionada con el sarampión era tan grave que necesitaba ser incubado. Todavía no estaba fuera de peligro, pero estaría mejor que otro niño con infección en la habitación de al lado que podría no salir no vida.

Foto: washingtonpost.com

 

Las autoridades han colgado carteles informativos sobre el sarampión en la ciudad, y el brote aparece constantemente en las noticias. Miranda había estado contando los días hasta que su hijo cumplió 6 meses, la fecha en que los médicos dijeron que sería seguro vacunarlo. Pero entonces, ella tuvo el sarampión y se lo pasó a él.

“No culpo a los venezolanos. Solo están buscando un lugar seguro”, relataba ella entre lágrimas. “Me culpo a mí misma. No fui vacunada. Él se infectó por mí”.

De hecho, la propagación de enfermedades como el sarampión ha puesto de relieve la peligrosa debilidad de los programas de vacunación en países como Brasil. Cuando el sarampión llegó de Venezuela, casi un tercio de los 4 millones de habitantes del estado de Amazonas no estaban vacunados.

Los funcionarios se han apresurado a responder. El gobierno estableció una sala de control en Manaus con docenas de mapas colgados en la pared y rastreó la enfermedad mientras invadía la ciudad. Los médicos no familiarizados con el sarampión se sometieron a un entrenamiento urgente. Las autoridades sanitarias acudieron a universidades y escuelas de medicina y reclutaron a más de 1.000 personas a las que se les enseñó cómo administrar vacunas. Comenzó una operación de puerta a puerta, desde edificios coloniales cubiertos de musgo y barrios pobres hasta asentamientos en la jungla a los que solo se puede llegar en canoas.

Foto: washingtonpost.com

 

Sin embargo, la movilización no logró prevenir un brote importante: a finales de verano, el personal médico recibía 900 presuntas víctimas de sarampión por semana. Agobiados, los trabajadores de salud pasaron de enviar pacientes a las salas de aislamiento del hospital a recomendar contención en el hogar para todos los casos, excepto para los peores. Se establecieron puntos de vacunación de emergencia en escuelas e iglesias.

Después de la administración de 1 millón de vacunas, el número de casos nuevos sospechosos se está reduciendo a 170 por semana.

Pocos en Manaus están enojados con los migrantes de Venezuela, que son recibidos con simpatía. Sin embargo, los residentes culpan al gobierno venezolano.

“La epidemia es el resultado de un gobierno despótico e incompotente en Venezuela”, remarcaba Virgilio, el alcalde de Manaus. “Su falta de cuidado por la atención médica nacional ha creado estas consecuencias negativas, y tenemos que pagar el precio”, concluía.

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