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La ruta de la piel: El éxodo venezolano visto desde las zonas de tolerancia en Bogotá

*VICE Colombia hace parte ahora de una operación regional que busca contar historias de todo el continente.  Este artículo hace parte de su edición impresa del mes de octubre, que estará disponible por acá.

Por Santiago de Narváez – Vice Colombia

El Espectador publica este artículo en el marco de una alianza mediática con VICE Colombia.

Bailarinas

?Sigan sigan sigan. Todas vírgenes: de 15 y de 20. Sigan adelante.

?¿Venezolanas?
?Si vinieron por venecas, están en el lugar equivocado.

La requisa es somera. El corredor de la entrada está iluminado por una luz amarilla: a un lado hay un tanque enorme de agua con peces que parecen mojarras enanas de aletas helicoidales. El agua del acuario es azul cloro. En la pared de enfrente hay un cartel que dice: “Adelanto del mes del padre. Botella de aguardiente 89?900”. Al final del corredor hay una puerta de cristal. Nomás abrirla sale un aire denso, casi gris, y olor a sudor y trago. La voz en los parlantes anima la noche.

El sitio queda en Chapinero; los clientes le dicen pi eich, de cariño. Adentro, suena un techno solo soportable bajo el influjo de alguna sustancia. Aquí, con televisores pornográficos que miran desde todos los ángulos, esa sustancia podría tener un nombre: deseo. Las miradas apuntan hacia el centro del espacio, donde hay una tarima alargada que se extiende por todo el recinto. Dos tubos de pole dance coronan cada extremo de la tarima. Y dos mujeres, a su vez, se desnudan mientras hacen acrobacias en sus tubos. El DJ anima al público y llama a las mujeres por sus nombres.

Hay brazos masculinos apoyados sobre una baranda. Billetes de pequeña denominación atrapados entre tela y piel. Ojos de hombres dislocados buscando lo que no tienen. Miradas pasmadas que asustan.

Mientras tanto, el mesero recibe al grupo y los acomoda en un espacio amplio.

?La botella de ron vale 120. Viene con show incluido. Ustedes compran la botella y luego me dicen la chica que quieren que les baile.

?¿Venezolanas hay?

?Nada, las venezolanas dañan el negocio. Acá solo colombianas, hermano. Políticas del establecimiento.

Dudas I

¿Cómo cambia un mercado cuando un producto ajeno entra en él a competir? ¿Son las prostitutas un producto? ¿Hacen parte de un mercado? ¿Triunfa la libre empresa? ¿Hay competencia desleal? ¿Qué se entiende por competencia desleal en el negocio del sexo? ¿Puede acaso una institución como el mercado ser ajena a las formas del poder?

Cifras y conceptos

Una de cada tres trabajadoras sexuales en Bogotá es extranjera. El Distrito, por medio de la Secretaría de la Mujer, estima que en la ciudad trabajan cerca de 7094 prostitutas. Las tres localidades donde más hay trabajadoras sexuales son Los Mártires, Kennedy y Chapinero. En ese orden. En la localidad de Los Mártires, por ejemplo, más de la mitad de prostitutas que trabajan allá vienen de otro país.

Un tercio de las trabajadoras sexuales colombianas viven regularmente en Bogotá hace menos de un año. De esas, el 71?% son extranjeras. Las oportunidades laborales son la principal razón que argumentan ellas para vivir en la ciudad.

El 33?% de trabajadoras sexuales extranjeras viven solas; el 22?% vive con alguien más.

El 33?% de trabajadoras extranjeras cursó estudios superiores; solo el 9?% de trabajadoras nacionales lo hizo.

El 32?% de trabajadoras sexuales extranjeras se sienten discriminadas por razón de la actividad que realizan.

Según cálculos del Observatorio de Mujeres y Equidad de Género de Bogotá, cerca de 2270 trabajadoras sexuales serían extranjeras.

De esas, el 99,8?% son venezolanas.

Trabajar trabajar y trabajar

Cuando Hugo Chávez era presidente de Venezuela, hubo, entre 2003 y 2005, una amplia migración de venezolanos —ejecutivos de alto nivel: principalmente funcionarios de la petrolera PDVSA— que salieron de su país en busca de una mejor calidad de vida. “Era una clase media y alta, profesional, que buscaba mejorar su nivel y calidad de vida en países de mayor desarrollo”, dice el profesor Iván de la Vega, director del Laboratorio Internacional de Migraciones y profesor de la Universidad Simón Bolívar de Venezuela.

Hace cuatro años empezó una segunda ola migratoria, esta vez por razones distintas. Si hace 15 años los venezolanos se iban principalmente por razones de seguridad, ahora lo estaban haciendo por razones de escasez. “Hoy en día se busca mejorar el nivel de vida, dadas las condiciones de deterioro sostenido en distintos ámbitos. En 2016, la escasez en artículos de primera necesidad, incluyendo medicinas, había superado a la causal de la inseguridad personal”, dice De la Vega.

“Sé de muchos venezolanos a los que la propaganda contra nuestro país les llegó a la mente y se fueron. No sabes cuánta gente está lavando pocetas en Miami. ¿Tú te irías a lavar pocetas en Miami? ¿Tú te irás de tu patria amada? No, yo no me iría. En momentos de dificultades, uno no abandona su familia, uno no abandona su patria. En momentos de dificultades, hace falta trabajar, trabajar y trabajar por la prosperidad del mejor país del mundo, que se llama Venezuela”. Estas fueron las palabras que pronunció el presidente actual de Venezuela, Nicolás Maduro, a comienzos de este año.

Cuando las pronunció, en el mes de abril de este año, ya había cerca de medio millón de venezolanos en Colombia, según datos oficiales. La Cancillería y Migración Colombia anunciaron en 2017 la creación de un Permiso Especial de Permanencia (PEP) para los ciudadanos venezolanos que necesitaban regularizar su estadía en Colombia. Este documento permitía —y permite— que los venezolanos puedan “trabajar, estudiar y desarrollar cualquier tipo de actividad legal dentro del territorio nacional”. Y, a su vez, pretendía evitar “la explotación laboral y velar por el respeto de la dignidad humana de los venezolanos”.

Un par de meses más tarde, en junio, Migración Colombia calculaba que entre regulares e irregulares eran más de un millón de venezolanos los que habían llegado al país en los últimos 16 meses.

“Colombia era un país expulsor”, dice Juan Manuel Caicedo, de Migración Colombia. “Antes, los colombianos éramos los que viajábamos al exterior, estábamos acostumbrados a salir. Antes eran los colombianos los que se iban a buscar trabajo a Venezuela. Ahora las cosas están cambiando. Y Colombia pasó de ser un país expulsor a ser un país recibidor”.

Es la migración más grande que ha tenido el país en su historia.

Mi esposa cobra lo que es

?¿Usted hace cuánto llegó a Colombia?

?Un año y tres meses ?responde el bouncer.

?¿De dónde viene?

?De Barquisimeto.

?¿Y eso más o menos dónde es?

?Eso… está en el medio, pues. Cerca de Valencia, de San Felipe, de Maracaibo.

?¿Cómo era la situación allá?

?Difícil. Crítica. No se conseguía nada. Todo era muy caro. No alcanzaba el sueldo.

?¿En qué trabajaba allá?

?Electricidad automotriz. Electricista de carros.

?¿Cuántos años tiene usted?

?22.

?¿Cómo fue esa decisión de venirse para acá?

?Por mi hermano que está en República Dominicana. Él vive allá con mi hermana y una prima y la esposa de mi hermano. Y como no me alcanzaba la plata, mi hermano me pagó el pasaje hasta aquí. Me lo iba a pagar hasta República Dominicana, pero yo no tenía el pasaporte.

?Cómo se vino? ¿Cómo fue el viaje?

?Por tierra. Duré tres días por tierra y luego llegué aquí. En la 63 me recibieron unos amigos, duré como tres meses allá y luego me vine pa acá, para el Santafé.

?¿Y cómo se enteró de este sector?

?Porque había otro amigo que vivía acá arriba, pero él se fue pa’ Ecuador ya, hace como un mes…

?Ajá.

?Y nos vinimos pa acá, porque era un poco más barato.

?Cuando usted llegó aquí, ¿vio algún problema con las chicas venezolanas?

?Sí, hemos notado que por lo menos las colombianas no llevan muy bien a las venezolanas.

?¿Cómo, cómo?

?Por lo que dicen, las colombianas pues…

?¿Qué dicen?

?Que ay, que ellas cobran barato, pero es mentira. Yo sé que no es así.

?¿Por qué?

?Porque mi esposa trabaja en eso y ella no va a cobrar 20, 25 o 30?000 pesos por un rato. Cobra lo que es.

?¿Lo que es?

?Lo que es, claro. Los 50.

?¿Y esa es la tarifa de la zona?

?Claro.

?¿Cuántas hay más o menos en este barrio?

?Venezolanas? Por ahí 60.

?¿Y en total?

?En total, pues que trabajen aquí en la prostitución… sí, por ahí 100, 150.

?Ya. ¿Esto aquí tiene alguna regulación? ¿Acá quién manda?

?Sí, son varios los que mandan por aquí, pues.

?¿Y cómo funciona?

?Con los que venden cosas de estupefacientes; las otras personas no pueden vender, porque ellos son los que llevan el mando.

?¿Y las chicas pueden estar en la calle?

?No, las venezolanas no pueden estar en la calle. Las colombianas, sí.

?¿Eso es un pacto al que llegaron?

?Sí.

?¿Y fue algo que se impuso o sucedió simplemente?

?No, por las peleas, que las colombianas no querían verlas trabajar en la calle, que porque les estaban quitando el trabajo a las colombianas. Es que hay mucha envidia de las colombianas a las venezolanas.

?¿Hubo algo violento que definiera esto?

?Sí, ha habido muchas peleas.

?¿Y quién organiza eso? ¿Quién dice “venga, ya no vuelven a salir a la calle”?

?Entre todos se reúnen.

?¿Entre todos quiénes?

?Las colombianas.

?¿Y si digamos una chica venezolana no cumple? ¿Si se para en la esquina qué pasa?

?Hay problemas.

Mano de obra

La Alcaldía Local de Los Mártires queda en el séptimo piso de un centro comercial de siete pisos. Desde allí se tiene una vista casi entera de los cerros de la capital. Las oficinas y el despacho del alcalde local miran, sin embargo, hacia el otro lado de la ciudad, privándose de la vista verde y paralela. En su despacho, el alcalde, Raúl Hernando García, dice que Los Mártires es una localidad pequeña pero con los mismos problemas de Bogotá (habitantes de calle, mafias de microtráfico, mafias de autopartes y motopartes muy fuertes, y prostitución). Una localidad donde se mueve mucha plata y donde hay mucho rico. “El dueño de La Piscina es un tipo que tiene avión propio”, dice el alcalde, “de esa talla estamos hablando”.

Mientras se toman un tinto en vaso de cartón, los periodistas escuchan al alcalde decir que el tema de los migrantes venezolanos es transversal. Que están supliendo una demanda laboral que había. Que algunos cobran menos del mínimo, pero que esto no es culpa de los venezolanos, sino de los empleadores, que les pagan menos de lo que deben. Que deberían tener los mismos derechos laborales que los colombianos. Que no todos los venezolanos vienen a delinquir. Aunque algunos, en situación irregular, han sido cooptados por los antiguos ganchos del Bronx.

Y dice el alcalde, mientras una limonada permanece intacta en frente suyo, que lo que más le preocupa de la migración de venezolanos son la condiciones en que se encuentran. Que viven en pésimas condiciones, que no tienen acceso a la salud. (El 71?% de trabajadoras colombianas está afiliada a la salud. Solo el 17?% de extranjeras lo está, según el informe de la OMEG). Que no hay recursos para darles vivienda. Que hay muchos colombianos que están en la misma situación.

Dice que Colombia, por políticas migratorias, no está deportando a venezolanas. Que hay las que están de manera irregular y ejercen el trabajo sexual. Y que eso es un problema. Que junto a Migración revisan que no haya venezolanos contratados de manera ilegal. Que de ser así el establecimiento tiene que pagar una multa de 20 millones por cada trabajador irregular que tenga.

(En 2017, la Corte Constitucional emitió una sentencia, la T-073, que determina que “en caso tal que personas extranjeras decidan desempeñarse como trabajadores sexuales en Colombia, las entidades deben apoyarlas en la consecución de sus visas de trabajo y demás documentos que les permitan laborar en forma regular y sin persecuciones o vulneraciones de ninguna clase. Entrando a determinar si esta actividad se realiza con pleno consentimiento por parte de quien decide ejercer la prostitución”).

Todavía sin probar un sorbo de su limonada, el alcalde dice que en cuanto a las peleas solo hay información no oficial. Que han tenido problemas de riñas en la zona de tolerancia entre trabajadoras sexuales colombianas y venezolanas por el tema de tarifas. Dice que cree que la diferencia es de un 20?%. Y que cómo se controla la competencia. Que cómo se regula una tarifa.

Dice que en la localidad hay gente consciente del drama venezolano y gente que de solo oír el acento se ofende. Que con el tema de la xenofobia están tratando de concientizar a los habitantes, decirles que es un drama, que no tienen derecho a recriminarles a los venezolanos por esto que están viviendo. Y comenta que hasta que no se estabilice la situación en Venezuela no vamos a dejar de recibir venezolanos. Que es una situación que nos desborda.

Afuera hace una tarde de sol asesino, de un sol como el que no ha hecho en los últimos días en esta ciudad. Los cerros reciben esa luz de tarde con placer. Las oficinas de la Alcaldía siguen privándose de esos cerros y esa luz.

La calle: autonomía laboral

Para que haya putas, tiene que haber puteros. Esta es la ley del mercado número uno, pero solo nos damos cuenta de que también aplica en las calles cuando vamos a putas.

Y no son putas, se les llama trabajadoras sexuales. O eso dice Pollito, directora de “Las Callejeras”, colectivo de trabajadores sexuales que busca la justicia social dentro del oficio. Junto a ella está Carolina. Carolina acaba de llegar de Ibagué, donde vive con su hijo, para trabajar durante este fin de semana en las calles del barrio 7 de Agosto en Bogotá.

Carolina trabaja las calles. (Mientras que el 93?% de extranjeras en la ciudad trabaja en establecimientos, solo el 7,5?% lo hace desde la calle, según el informe del OMEG). Hace seis años que dejó de trabajar en los establecimientos (o mejor, para los establecimientos), se independizó y tiene ahora su propia clientela. Carolina también hace parte del colectivo Callejeras y mientras Pollito y yo la escuchamos, ella cuenta su propia historia.

“Yo no voy a decir que no bebo porque sí bebo”, dice en tono jocoso. “Pero ese ritmo tan tenaz de estar bebiendo y de estar todo el rato en el salón, de no salirse, ¿eso a razón de qué? ¿Quién dijo que yo tengo que entrar a tal hora y no sé qué? Eso es un tipo de explotación”, dice Carolina y Pollito asiente. “¿Cómo es posible que tú me exijas algo? Vuelvo y te digo: ellos viven de nosotras, de nuestro instrumento de trabajo. ¿Cómo es que mi cuerpo se lo ferio yo a otra persona?”.

Porque en el establecimiento, según Carolina, la obligaban a tomar trago de verdad. “A ellos les interesa más la venta de licor, y eso genera problemas de salud para las chicas mismas. Se vuelven alcohólicas, porque es como cuando uno consume drogas: lo mismo. ¿Y a mí quién me va a curar la cirrosis?”.

Carolina se salió de trabajar en los establecimientos hace seis años, luego de durar dentro de ellos otros seis. Y, según ella, la diferencia es total. “A mí no me obligan a nada. Yo me manejo el tiempo”, cuenta. “Si quiero hacerme dos ratos y ya, pues los hago y me voy. Si ya cumplí con lo del día y yo quiero seguir para hacerme más plata, pues sigo y me quedo el rato que quiera”. Para Carolina todo tiene que ser decisión suya, porque es su cuerpo: “Es mi trabajo”. Se queda en silencio un rato y luego remata: “Trabajo en general por la noche, es que soy muy nocturna”.

Carolina cuenta que en las calles por las que anda la seguridad es normal, “como en todo”, dice. “Lo que pasa es que la gente que no ha tenido el trato con nosotras, en la calle, cree que somos lo peor y que la calle es lo peor, y piensan que no se pueden arrimar”. Dice y se ríe.

Cliente I

“Ir a putas ha sido una transformación”, admite Juan Jairo. “Las primeras veces iba cagado del susto, nervioso. No se me pasaba por la cabeza hacer algo con las viejas. Pero ya con el tiempo cambié la mentalidad”. Para Juan Jairo ahora es como tomar estando en la casa, “pero viendo culitos”, dice. “Cambió la perspectiva: pasé de ir con miedo a querer ir a pasar un buen rato, y de pronto mandarme a una vieja. Digamos que antes había un asunto moral y ético que no dejaba”.

Pero cuando el deseo sobrepasó la moral y el miedo, todo se hizo más fácil. “No le voy a decir que me encanta mandarme putas, ni que quiera hacer eso todos los fines de semana, pero de vez en cuando no está mal. Y pues si usted va, eventualmente verá una vieja con la que va a decir: ‘Es la vieja más linda que he visto, me la voy a mandar sí o sí’”.

Monos y dinero

En 2005 la Universidad de Yale hizo unos estudios con primates. El estudio consistía en enseñarle a siete monos capuchinos a usar dinero. Les entregaban una cantidad de plata a los monos, discos metálicos con un hueco en la mitad, como las monedas chinas, y les mostraban cómo con ese pedazo de metal podían conseguir frutas. Les enseñaron, básicamente, el intrincado mecanismo de la compra. Los investigadores introdujeron también algunas variables: fluctuación de los precios de las frutas y pérdida del poder adquisitivo de los monos. Pasaron muchas cosas con el experimento. Entre ellas la siguiente: cuando el experimento estaba por terminar, vieron cómo después de que una pareja de monos había tenido sexo, una le entregó monedas a la otra y esta última salió a comprar fruta con ese dinero. El estudio asegura que este es el primer caso registrado en la historia de los primates en la que uno le paga a otro por tener sexo.

La feminista Catharine A. MacKinnon, dice el diario Clarín, se resistía a considerar la prostitución como trabajo sexual: en todas partes la gente prostituida suele ser muy pobre y, en general, nadie sale de la pobreza por prostituirse, dice el Clarín que decía MacKinnon. Y afirmaba que el dinero coacciona el sexo en la prostitución, que representa una violación serial. Por su parte, Andrea Dworkin, también abolicionista, aseguraba que el dinero tiene una cualidad mágica, ¿no? Y que si le das a una mujer dinero, se merece cualquier cosa que le hagas. “La función mágica del dinero tiene género”, dijo en su momento Dworkin, durante un discurso en la Universidad de Michigan. Walter Benjamin decía, por su parte, que la prostituta fue desde siempre una precursora de la economía de mercado: “La prostituta no vende su fuerza de trabajo, su profesión conlleva sin embargo a la ficción de que vende su capacidad de placer”.

El cuerno de la abundancia

“Allá teníamos un negocio de comidas. Era un negocio bueno con el que vivía toda la familia”, dice Paola, con un brazo alrededor del cuello de su interlocutor. “Nos tocó cerrarlo porque ya no se conseguía mucho de lo que se necesitaba para atender el negocio. Me vine hace unos meses y terminé acá”, concluye. “No fue lo primero que busqué”, dice Paola, como justificando. “Antes intenté en otras cosas pero no me salía trabajo”. El 73?% de trabajadoras extranjeras inició su actividad sexual pagada en Bogotá. El 15?% lo hizo en otro país, según el informe de OMEG.

Cuando le preguntan cómo es el trato de las colombianas con ella, Paola le da la espalda a las colegas que están en el sofá del fondo y hace un gesto con la mano que quiere decir ‘más o menos’. “Ellas no te saludan, no hablan contigo. Nada. Para ellas no existimos”, dice.

¿Por el rato?, pregunta retórica y se queda pensando. A ti, porque me caíste bien, te lo dejo en 170. Más lo del cuarto, que son 60. Las colombianas no sé cuánto cobren, ellas cobran más caro. Por menos de 250 no consigues. (Mientras que solo el 36?% de trabajadoras sexuales colombianas piensan que sus ingresos son suficientes, el 50?% de extranjeras consideran que sus ingresos son bastantes para cubrir los gastos básicos).

“Y si un cliente nos pide que nos vayamos con él para su casa”, continúa Paola, “el cliente le tiene que pagar una multa al sitio, como de 150. Más lo que me vaya a pagar a mí, claro”, dice Paola y se ríe. “Lo bueno es que cuando pasa eso, cuando los clientes nos llevan de fiesta, ellos normalmente se ponen a tomar mucho trago o a meter perico. Y pues claro, ya después no se les para”, dice ella moviendo de arriba abajo la mano derecha con el puño cerrado, como inflando un globo de aire.

“Yo no meto, nosotras no metemos. Pero las colombianas todas meten perico. Es muy difícil encontrar a una venezolana que meta perico. No la vas a encontrar. Acá el perico se lo compran a los meseros, a la misma gente del sitio”, dice Paola, con distancia. “Toda la noche se la pasan oliendo”.

“¿Que qué es lo que más extraño de Venezuela? El mar. El mar me hace muchísima falta y acá con este frío”, se queja Paola, cada vez con más pausa en sus palabras. “Yo salía al mar todos los días. La brisa, ese aire lleno de vida”, dice, y sus ojos se empiezan a poner cada vez más débiles. “Cuando estaba embarazada de mi hijo, iba siempre a la playa a que me diera el sol”.

Paola se queda callada un buen rato.

“A mí hijo lo perdí”, suelta Paola, sin más. “Cuando tenía nueve meses lo perdí. Se llamaba Dante. ¿Que por qué Dante?”, pregunta, “porque significa abundancia. Cuando tenga un hijo lo voy a llamar así: Dante”. Paola se vuelve a quedar en silencio.

“Bueno, bebé, ¿me vas a pagar el rato?”, pregunta ella. El cliente le dice que le encantaría, pero que la verdad no tiene un peso para darle. “¿Y me puedes dejar una propina, al menos?”,

El cliente saca un billete de diez mil y se lo entrega. “No tengo más”, dice. Paola se queda mirando el billete y pregunta en voz alta: “¿Diez mil?”. No es un tono de reproche, sino de duda. “¿Cuánto son diez mil pesos en bolívares?”, pregunta la compañera de Paola, también venezolana, por encima del hombro.

Dudas II

¿Por qué hay que hablar de prostitución para poder hablar ?bien y (casi) en serio? sobre el tema de la migración de venezolanos a este país? ¿Por qué hay que poner una whiskería, en el fondo de escena, para hablar de la xenofobia de un país que, si no ha sido capaz de resistirse a sí mismo, mucho menos va a ser capaz de resistir al vecino? ¿Por qué tiene que ser solo con el morbo de lo ‘venezolano’ que podemos hablar como sociedad ?y como medios de comunicación? de la prostitución y del trabajo justo? ¿Qué significa trabajo justo y qué tan libre es la persona que escoge la prostitución como trabajo?.

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