El holodomor venezolano

Ciudadano argentino, chileno, americano, colombiano, español, o de cualquier parte del mundo: si mañana le escribiesen al correo electrónico a ofrecerle un puesto de trabajo, en el cual le prometen todos los beneficios de la ley, y empleador le propusiera trabajar 8 horas al día, 5 días a la semana por un pago mensual de medio kilo de leche en polvo, ¿usted aceptaría? Por supuesto, no hay ni que preguntarlo, la respuesta es un rotundo no. Ahora bien, ¿por qué un venezolano debería aceptar trabajar bajo estas condiciones?, publica Panampost.

Por Emmanuel Rincón

Las desastrosas políticas económicas tomadas por el régimen socialista de Hugo Chávez y Nicolás Maduro, sumadas a la destrucción de la empresa privada, el saqueo organizado de la nación, los índices de corrupción más elevados de América Latina, junto al latrocinio de PDVSA, convirtieron a Venezuela en un cementerio de gigantes proporciones, un depósito de cadáveres, un lugar en el que la vida no es posible y donde la economía es una auténtica locura. Que el sueldo mínimo decretado por el Ejecutivo Nacional solo permita comprar un condimento de ajo picado al mes lo explica todo. Sí, tal como lee: un sueldo mínimo mensual es el equivalente a un frasco de condimentos, o a medio kilo de leche en polvo. Esto ayudará a entender por qué los venezolanos salen de su tierra recorriendo miles de kilómetros a pie, o se van por el norte en lanchas y balsas buscando una tierra firme que los alimente.

En la Venezuela de hoy, el sueldo mínimo es de 18 000 bolívares, el equivalente aproximado a 5 dólares al mes. La hiperinflación en Venezuela es tan absurda que los precios han superado la barrera del dólar, lo que quiere decir que el país petrolero ha destrozado hasta el poder adquisitivo de la moneda estadounidense. Esto se traduce en que, además de que los venezolanos ganan una miseria, los productos en el mercado cuestan 2 a 6 veces más que en una economía como la colombiana, por poner un ejemplo cercano.

Durante los últimos días tuve la oportunidad de volver a mi país y aproveché para ir a un par de supermercados a efectos de hacer un pequeño sondeo. La realidad que me encontré fue la siguiente:

-Detergente de ropa, 2 litros: 58 600 bolívares, es decir, 16 dólares (un venezolano promedio debe ahorrar más de tres meses para poder comprar detergente y lavar su ropa).
-Pasta, 1 kilo: 7 000 bolívares o 2 dólares (con el sueldo mínimo un venezolano puede adquirir 2 kilos y medio de pasta al mes).
-Pasta de tomate: 19 642 bolívares o 5,3 dólares (deberá comer la pasta a secas, porque para comprar salsa se debe trabajar más de un mes, y aun así no alcanza).
-Jamón de pechuga de pollo: 18 000 bolívares o 5 dólares por 500 gramos, ¿alcanzarán 500 gramos de jamón para alimentar una familia por un mes?
-Manzana por kilo: 33 151 bolívares o 9 dólares (un sueldo mínimo no alcanza ni para un kilo de manzanas).
-Litro de leche: 5 750 bolívares o 1, 57 dólares (afortunado el que pueda comprar 4 litros de leche al mes).
-Kilo de sal: 6 195 bolívares o 1, 70 dólares (por el trabajo de un mes un venezolano promedio, podría comprar 3 kilos de sal).
-Litro de aceite: 17 000 bolívares o 4, 65 dólares.
-Condimento de ajo picado, 55 gramos: 21 000 bolívares o 5,75 dólares.
-Leche chocolatada 400 gramos: 29 000 bolívares o 7,95 dólares.
-Lavaplatos de 600 ml, 22 811 bolívares o 6 20 dólares.

Últimamente, distintas personalidades del mundo se han atrevido a cuestionar la severidad de la crisis venezolana. Figuras como Almudena Grandes, la comisionada Bachelet o Carlos Montero, entre otros, han intentado poner en tela de juicio la magnitud de lo que viven los venezolanos.

En el momento en que escribo estas letras, cuento ya 32 horas sin luz. Previo a ello, estuve 23 horas sin agua. Esta tarde, para poder trabajar, tuve que salir a comprar una pimpina de gasolina (por la que pagué 20 000 pesos colombianos, es decir, más de un sueldo mínimo venezolano) para poder prender una planta y así cargar mi computador. La catástrofe del socialismo es tal, que en Bogotá pago aproximadamente 50 000 pesos mensuales por el servicio de electricidad durante todo el mes; mientras que aquí debo pagar 20 000 pesos para encender una planta que me permita cargar mi computador, y me dará una energía limitada durante unas 16 horas cuando mucho (no puedo prender aires acondicionados, neveras, u otros artefactos eléctricos). Algo similar ocurre con el agua. En ciudades como Caracas, Maracaibo o Valencia, entre otras, las personas se han visto obligadas a pagar por cisternas de agua para así poder bañarse y medianamente limpiar sus hogares (cabe acotar que las cisternas se pagan en divisa estadounidense, y sus precios van desde los 100 a 120 dólares, unos 20 sueldos mínimos de un venezolano).

Si alguno sigue teniendo dudas de la catástrofe del socialismo, este artículo le servirá para aclararlo. Es falso eso de que los servicios son gratuitos, se pagan: allí va el dinero de los contribuyentes y, en el caso venezolano, también el dinero estatal proveniente del petróleo. Aun así, nada funciona, y los ciudadanos que tienen la capacidad de costearlo deben pagar de 2 a 10 veces más de lo que se paga en cualquier otra economía para obtener a cambio un suministro limitado de agua, luz, gas, internet o gasolina.

Sin embargo, para un porcentaje sumamente elevado de la población, esto no entra en sus prioridades, pues su condición económica únicamente les permite buscar qué comer a diario, de allí a que se vean los basureros abarrotados de jóvenes desgarbados luciendo sus huesos como adornos en la piel mientras rompen bolsas negras y buscan algo que les de energía para sobrevivir otro día más, sin importar que las infecciones o bacterias que habitan esos lugares los maten primero. Es la desesperación la que los lleva a actuar así.

El hambre en Venezuela no es un invento de las cadenas norteamericanas ni es parte de una batalla ideológica, es un asunto palpable, y cualquiera que viaje a Venezuela puede constatarlo e ir por la calle y preguntarle a un ciudadano común cuánto gana. Puede también dirigirse a un supermercado para verificar los precios que he señalado anteriormente (los cuales seguramente en un par de días ya se habrán duplicado o cuadruplicado).

En la antigua Unión Soviética, Stalin y su partido de gobierno se encargaban de bloquear, a nivel nacional e internacional, todas las noticias que denunciaran el hambre que vivía su gente, una hambruna que mató a millones de personas. En esos tiempos, era común que pueblos separados por menos de 100 kilómetros no se enteraran de que durante la semana anterior 2000 vecinos suyos habían fallecido por desnutrición. En Venezuela esto no difiere en demasía: no hay estudios ni datos de parte del Gobierno que anuncien la cantidad de personas que mueren a causa de la desnutrición, ni las que se encuentran en condiciones paupérrimas de vida.

Un estudio reciente de la ONU estima que 7 millones de venezolanos necesitan de manera urgente ayuda humanitaria. Esta es una catástrofe sin precedentes para un país sudamericano, una crisis nunca antes vista en una nación petrolera (una de las mayores reservas petroleras del mundo) que, en teoría, debería ser una de las economías más sólidas y estables del continente.

Los venezolanos carecen de comida, de energía eléctrica, de agua potable, de gas, de combustible, de una moneda estable que les permita ingresos razonables; carecen de poder adquisitivo, de medicamentos, y en definitiva, carecen de unas condiciones de vida dignas en pleno siglo XXI.

La pregunta de hoy, mañana y siempre, hasta que la mafia chavista abandone el poder, seguirá siendo la misma: ¿cuánta gente más tendrá que morir antes de que actúe la comunidad internacional? ¿Qué otras pruebas hacen falta para constatar que lo que se comete en Venezuela es un brutal genocidio? ¿Hasta cuándo harán de la vista gorda con las torturas que sufren a diario todos los venezolanos?

Cada minuto que un representante de algún alto gobierno intenta mediar en la crisis venezolana, se firma la sentencia de muerte de una persona. Es por ello que la palabra “paciencia” o “resistencia”, condicionan la cordura de los venezolanos.

En Nueva York, Bogotá, Buenos Aires, Madrid, São Paulo, Londres, Santiago de Chile, el tiempo se cuenta en minutos. En Caracas y el resto de Venezuela, el tiempo se cuenta en muertos.

*Emmanuel Rincón es abogado y escritor venezolano, autor de cinco novelas, con un grado en Modern Masterpieces of World Literature de Harvard University.

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