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El drama de los niños en el éxodo venezolano

Inmerso en una realidad de la que no es consciente ni escogió, Darwin Ríos, de 1 año, camina inseguro por el lugar con un pedazo de arepa en la mano. Sin estar cerca, su mamá, Escarles Rojas, no le pierde de vista, como tampoco lo hace con sus otros dos hijos de 2 y 7 años, publica La Opinión.

Magaly Rubio
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Los pequeños intentan hacer las actividades cotidianas de su edad. Josué, de 2 años, juega con un balón que le regalaron hace unos días, y aunque está en una cancha no puede tirarlo por donde quiera, y Fredori, de 7, que ya hizo un par de amigos y recorre el lugar.

Son las 11 de la noche y aún no parece ser hora de ir a dormir. “Quizás, si las circunstancias fueran diferentes ya deberían estar en cama, pero aquí ni cama hay”, dice con impotencia la madre.

Hace dos semanas, esta es la realidad que viven. Decidieron salir de Venezuela en busca de un mejor futuro, porque aunque tenían casa y cama segura, dicen que no tenían para una buena alimentación.

Desde que llegaron a Cúcuta, duermen en el piso de la cancha cubierta de Sevilla, donde otras 400 personas, todas provenientes de Venezuela, también se refugian en las noches, tras haber pasado el día deambulando por las calles en busca de trabajo o de limosnas.

“Yo ya olvidé lo que era desayunar, almorzar o cenar”, dice con seguridad Marcelo Rojas Medina de 14 años. También llegó hace un par de semanas proveniente de San Josesito, pueblo del Estado Táchira, con su mamá.

Cuenta que por las mañanas sale a pedir monedas para conseguir con qué comer. Mientras recorre las calles que nunca antes había visto, aprovecha para pedir un baño prestado para hacer sus necesidades básicas. A veces corre con suerte, otras veces aprovecha el descuido de quienes están al alrededor y las hace detrás de un árbol.

Ya perdió la rutina normal de un niño de su edad. No tiene horario para irse a dormir, ni tiene que cumplir con la tarea de lavarse los dientes para ir a la cama, que no es más que una sábana sobre el frío piso de cemento junto a su mamá y su hermana de 11 años con quien se recorre uno a uno los rincones de la cancha en medio de la multitud tirada en el suelo.

Siempre está expectante por si un carro se estaciona cerca: es señal de comida.

No sabe mucho más de política de lo que escucha a diario, pero asegura que necesita que su país vuelva a los tiempos de antes, a esos “buenos tiempos” como los llama.

Mientras los chicos —al menos unos 20— permanecen despiertos cuando ya llega la media noche, otros como Allan Parra, envuelto en una sencilla sabana, aún con los ojos abiertos trata de tomar algo de calor en medio de su papá y su mamá.

Aunque está con sus papás y debería sentirse seguro, estar en medio de mucha gente desconocida no le permite conciliar el sueño con facilidad. Extraña a su mascota, a la que tuvo que dejar cuando salió de Puerto Cabello con la ilusión promovida por sus padres de encontrar un mejor futuro.

Su papá, Carlos Parra, tuvo suerte por unos días y encontró trabajo de montallantas en el barrio Belén, pero no duró mucho así que tuvo que volver a dormir a la cancha.

Parra dice que su meta es poder irse para Medellín o Chile, por el bienestar de su hijo, pues reconoce que ese no es ambiente propicio para el niño, ni el modelo de crianza que se planteó darle cuando decidió tenerlo.

Y mientras los grandecitos, aunque cansados no van a la cama, los más pequeños, unos 14 que no superan los 6 meses, duermen en medio del murmullo normal de las personas, lejanos a la realidad que viven.

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