Cuando el hambre castiga severamente a los venezolanos

El arma más miserable del régimen de Nicolás Maduro contra el pueblo de Venezuela  ha sido, en esencia, la administración del hambre.

En efecto, el consumo de alimentos en este país “potencia” se ha desplomado significativamente desde hace más de dos años.

Son cientos de historias crueles, reales sobre la escasez generalizada de alimentos básicos que padece una población de forma intensa y prolongada, ya sea por la carencia de dichos productos y también por la espiral inflacionaria que impide adquirir los que están disponibles.

En una reciente investigación de Bloomberg, se da cuenta de esta situación. Mucho se ha escrito sobre el hambre venezolana desde que años atrás la otrora potencia petrolera se hundiera en el caos económico. El drástico racionamiento de alimentos, la creciente desnutrición y, en algunos casos extremos, la inanición, conforman una agobiante cotidianidad.

Pero si esta realidad no se vive de primera mano es difícil comprenderla y sentirla: ver cómo el mofletudo rostro de un vecino de años se transforma y ahueca lentamente o notar cómo la camiseta favorita de tu papá cuelga ahora anchamente sobre su enjuta figura.

Decidimos fotografiar a cinco venezolanos, predominantemente de barrios de clase trabajadora y que han acusado el mayor castigo, pidiéndoles que compartieran imágenes recientes, o de sus años mozos. Los cambios en su fisonomía son evidentes. Una persona ha perdido 26 kilos. Otra 35, reseñó Bloomberg.

Algunos habían sufrido de sobrepeso, resultado en parte de la dieta típica venezolana: abundantes alimentos fritos y ricos en almidones, que se ingieren en cenas servidas tarde en la noche. Una de ellas ha incluso escuchado que se ve mejor ahora. En realidad, no se siente mejor. Se siente igual que los demás: débil, derrotada, deprimida. Para ellos, el reflejo de caras estrechas que devuelven sus espejos son un recordatorio cruel y sempiterno de todo lo que han perdido a lo largo de la peor crisis que ellos, y su país, han conocido.

cortesía Fabiola Ferrero- Bloomberg

Enfermera, 46 años, casada, dos hijos, vive en un barrio de clase trabajadora en Caracas
Peso pre-crisis: 75 kilos
Peso actual: 55 kilos

Cortesía Fabiola Ferrero/ Bloomberg

“Toda esta crisis nos ha cambiado la vida. Es horrible.”

Llora. Y está furiosa. En una rápida sucesión de ideas comenta que tanto ella como su esposo perdieron sus trabajos, y que ella estuvo trabajando como peluquera para completar la quincena, el salario del hogar. Eso también se terminó cuando decidió vender sus tijeras y un secador de pelo para pagar algunas facturas. La dieta de su familia solía estar cargada con proteínas y calorías. Carne, pollo, jamón, huevos, queso, pan dulce, eran cotidianos. Los viernes en la noche se cenaba fuera; y el fin de semana era sinónimo de parrilla.
“No podemos pagar nada de eso ahora.” Ni siquiera, dice, un pastel para la fiesta de cumpleaños. Hoy en día, depende en los subsidios alimenticios del gobierno y le sirve a su familia vegetales y verduras baratas como maíz, apio, yuca. Su hija mayor, de 21 años, quiere irse del país. Sus amigos ya lo han hecho. Está pensando en probar suerte en Perú. “También lo he pensado”, admite Martínez, luchando lágrimas que se asoman en sus ojos. “Dejaría a mi hija menor con mi mamá.”

Cortesía Fabiola Ferrero

Trabajador social, 35 años, soltero, vive en un barrio de clase trabajadora de Caracas
Peso pre-crisis: 95 kilos
Peso actual: 66 kilos

Antes de la crisis/ cortesía Fabiola Ferrero/ Bloomberg

Cruz no se había percatado que estaba perdiendo peso hasta que un día se asomó a su armario y sacó un traje viejo. Era demasiado grande. En otra ocasión su sobrino de 18 años le dio una camisa para se la probase. Talla pequeña. Le sirvió. Solía usar talla grande o extra grande. “Yo mismo me veía en fotos viejas y me decía ‘ése no puedo ser yo’”.

Se sumió en una profunda depresión y se negó a salir de su casa. “Me decía a mí mismo: no quiero que me vean; no quiero que me vean. Todos se pueden ir al infierno.”

Su estado de ánimo es un poco mejor ahora. Ha comenzado a trabajar otra vez. Pero comprar suficiente comida sigue siendo un gran desafío. Se abstiene de desayunar y su cena es por lo general un plato de crema de arroz. En un día reciente, decidió regalarse unos pedazos de pastel en un café local. Los compró a crédito.

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