Armando.info: El enigma de la fábrica rusa que desapareció en el estado Bolívar

Casos de Corrupción
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El destino de un portento industrial prácticamente listo para operar fue el olvido. La empresa mixta Ruscaolín lo tuvo todo para convertirse en un oasis de desarrollo en el sur de Venezuela, junto a la majestuosa Gran Sabana. A diferencia de otras iniciativas faraónicas de Hugo Chávez, esta pasó del proyecto a la realidad. Pero de pronto la fábrica, sin haber arrancado, fue desmantelada, el sitio abandonado, y los socios rusos se marcharon con su estela de sociedades opacas. Luego quedó a cargo de una empresa venezolana cuyo rastro es difícil de seguir. Así lo reseña armando.info

Por JOSEPH POLISZUK

Al menos 40 millones de dólares se evaporaron casi sin dejar rastros en el kilómetro 88 del estado Bolívar, en la Guayana venezolana. Allí –a la vera de la carretera que conduce al sur del país hasta la frontera con Brasil– se encuentran los vestigios de una planta de caolín que prometía un complejo cerámico enclavado a las puertas de la Gran Sabana, uno de los paisajes más espectaculares del mundo, protegido en parte por un Parque Nacional.

El caolín es la roca arcillosa de la que se obtiene la materia prima para fabricar porcelana. El nuevo desarrollo industrial prometía capacidades para fabricar anualmente casi diez millones de metros cuadrados de baldosas, quince millones de piezas de vajillas y otras 750.000 para sanitarios. Un monstruo que empresarios rusos levantaron al pie de la selva venezolana, con la perspectiva de generar más de 240 empleos vitales para la maraña de caseríos cercanos donde solo prosperan la minería del oro y los cazadores de fortunas.

El proyecto fue presentado en el año 2011 por boletines del Ministerio de Industrias Básicas y Minería como una alianza con el grupo Agapov de Rusia bajo la ya tradicional figura de empresa mixta con el Estado venezolano, que el gobierno de Hugo Chávez favorecía. Ruscaolín, fue el nombre que le pusieron. De aquellos anuncios hoy solo quedan las fotos: pasó del simple proyecto, construyeron la planta, pero también la desmontaron sin que mediara otro aviso público.

El contraste de las imágenes satelitales de ese punto –en las coordenadas –61.4182 oeste y 6.1310 norte– advierte que lo que en enero de 2015 se veía desde el espacio como una serie de galpones, en marzo de 2017 se convirtió en estructuras de chatarra sin techo. Al menos alguna grúa se tuvo que emplear para desmontar unas láminas que cubrían el galpón de más de diez metros de altura, el mayor de todos, del que desaparecieron hasta las máquinas.

Ni hablar de las piscinas de llenado de donde saldría el caolín. Todo lo destruyeron. Quedan solo metales como partes de un esqueleto abandonado.

El paisaje es único: la maleza crece sobre el pavimento de un cementerio de máquinas que, según los testimonios de los vecinos, ni siquiera llegaron a encender.

¿Qué habrá pasado para que los rusos llamaran a retirada luego de semejante inversión? Eso mismo se pregunta el vecino de la zona, Raúl Rojas, quien trabajó como vigilante del proyecto desde el año 2005, a pocos meses de que comenzara el movimiento de tierras, mucho antes de que se anunciara formalmente el emprendimiento. “Nunca prendieron ese molino”, responde.

Recuerda a los encargados del proyecto abriendo caminos en exploraciones por los alrededores. A la luz de lo que fue el destino de la fábrica, especula con que el yacimiento de caolín próximo quizás no fuera suficiente para colmar las dimensiones del proyecto o si –bajo la fachada de esta empresa– más bien buscaban oro, coltán o las pistas del uranio guayanés con las que ya se tejían leyendas. A esta hora, lo único claro es que lo del caolín fue un fiasco: “Pedían, pedían y pedían recursos al Gobierno y nunca llegaron a activar la planta”.

Un buen día dijeron a los trabajadores que regresaran en dos semanas y entonces encontraron la planta cerrada. “Ni siquiera nos pagaron”, recuerda bien Luis Vielma, otro de los afectados. Del resto, es poco lo que puede decir. Han pasado años desde entonces y apenas quedaron unas carreteras de tierra con las que penetraron por los terrenos circundantes en busca de algo.

El primer abandono fue ruso. Luego vendría el relevo, al menos sobre el papel, por parte de Dell’Acqua, una constructora venezolana de más de 50 años de experiencia que heredó el espejismo.

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